Los inmuebles, las mujeres y el Cachorro
Sobre el cielo grisáceo y tímido, una inmensa bola de fuego se ocultaba tras el mar cuando el Cachorro, amigo de polendas, me animó a que lo ayude con su principal dolor de cabeza desde que descubrió cuando aun era un púber, una debilidad que lo arrastraba, día a día, hacia pozos profundos de depresión e incertidumbre: las mujeres.
Mientras caminábamos por el malecón observe las torres gigantescas alzadas sobre el asfalto, la imponente presencia de esas edificaciones construidas al pie de los acantilados, que respiraban lujo, comodidad, modernidad, y claro, una invitación a una vida diferente y enigmática en la que no precisamente vivíamos los dos. El Cachorro también veía lo mismo que yo, sólo que parecía asustado. La bola de fuego nos observaba desde el horizonte.
"Mira estimado amigo", le dije, con cierto aire benévolo, ocultando mi soberbia fruto de mi amplia experiencia con mujeres de todo talle y fuste, "más claro ni el agua, dime ¿Dónde vives?", pregunté con pose de entrevistador de programa matutino."Si tú conoces mi casa oye", respondió acelerado. "Bueno", acoté, "descríbeme tu humilde hogar", y esto dio lugar a una descripción detallada del apartamento donde pasa sus días y sus noches desde una lejana tarde de 1964, cuando era todavía un neonato frágil a medio camino entre una larva y un ser humano, no muy distinto a su condición actual. Su cuarto era su hogar, en realidad. Atiborrado de discos de vinilo, CDS y casettes, dos columnas como parlantes, y cachivaches mil, sólo dejaba espacio a una cama donde encontrabas siempre frazadas de Batman o Spiderman. El baño, al que tenía acceso solo saliendo del cuarto, era infame. Un balde al costado del inodoro significaba que algo no funcionaba del todo bien allí. Un hermano impresentable de voz aguardentosa contestaba el teléfono siempre, y ahuyentaba a loas tímidas voces que se dejaban escuchar.
"Ahí esta pues hermano, no me vengas con rollos, tu problema es que ninguna mujer aceptará visitar ese cuchitril", afirmé enérgico y con la autoridad del que vive en una mansión de 20 hectáreas, mayordomo y vecinos famosos a la Julio Iglesias o Ricky Martin. Bueno, mis condiciones de vivienda son bastante parecidas, pero retomemos. "Así no funciona", continué. Las mujeres necesitan calor de hogar, pero además, modernidad, un poco de lujo, clase, nivel, necesitan saber que están en un apartamento cómodo, en un piso donde puedan sentirse amadas, y no importa si es propio o de alquiler, no interesa si existe un contrato o simplemente invadiste propiedad ajena, no es un obstáculo el que no tengas donde caerte muerto si el soñado sitio es justamente eso, un sitio soñado para enamorar a una mujer. Esto es así desde la noche de los tiempos, cuando los primeros hombres debían escoger una cueva acogedora y cálida donde poder llevar a su presa del día. Palabra de dios
El cachorro abrió los ojos y observó un punto fijo en el horizonte, como si de pronto, una revelación hubiera penetrado en esa cabecita atosigada de música (buena música, debo decir). "Debo alquilar un cuarto" dijo, sin mirarme y siguió repitiendo, como un niño robotizado, "Alquiler, mujer, alquiler, departamento, alquiler, mujer, alquiler, baño, balde, mujer, alquiler..."